Meditación sobre la Transfiguración
1. El texto a considerar como marco, es el que se refiere al hecho de la manifestación de Dios a Moisés en la zarza ardiente que se delimita en Ex 3,1-4,17 y que corresponde a la siguiente narración:
Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía.
Dijo, pues, Moisés: «Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza.»
Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!»
El respondió: «Heme aquí.»
Le dijo: «No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada.» Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.»
Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios.
Dijo Yahveh: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizitas, de los jivitas y de los jebuseos. Así pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto además la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora, pues, ve; yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto.»
Dijo Moisés a Dios: ¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?»
Respondió: «Yo estaré contigo y esta será para ti la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte.»
Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: "El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros"; cuando me pregunten: "¿Cuál es su nombre?", ¿qué les responderé?»
Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: "Yo soy" me ha enviado a vosotros.» Siguió Dios diciendo a Moisés: «Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación. Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: "Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: Yo os he visitado y he visto lo que os han hecho en Egipto. Y he decidido sacaros de la tribulación de Egipto al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, perizitas, jivitas y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel." Ellos escucharán tu voz, y tú irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto; y le diréis: "Yahveh, el Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahveh, nuestro Dios." Ya sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino forzado por mano poderosa. Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir. Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios, de modo que cuando partáis, no saldréis con las manos vacías, sino que cada mujer pedirá a su vecina y a la que mora en su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas, y así despojaréis a los egipcios.»
Respondió Moisés y dijo: «No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: "No se te ha aparecido Yahveh."»
Díjole Yahveh: «¿Qué tienes en tu mano?»
«Un cayado», respondió él.
Yahveh le dijo: «Echalo a tierra.»
Lo echó a tierra y se convirtió en serpiente; y Moisés huyó de ella.
Dijo Yahveh a Moisés: «Extiende tu mano y agárrala por la cola.»
Extendió la mano, la agarró, y volvió a ser cayado en su mano...
«Para que crean que se te ha aparecido Yahveh, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Y añadió Yahveh: «Mete tu mano en el pecho.»
Metió él la mano en su pecho y cuando la volvió a sacar estaba cubierta de lepra, blanca como la nieve.
Y le dijo: «Vuelve a meter la mano en tu pecho.»
La volvió a meter y, cuando la sacó de nuevo, estaba ya como el resto de su carne.
«Así pues, si no te creen ni escuchan la voz por la primera señal, creerán por la segunda.
Y si no creen tampoco por estas dos señales y no escuchan tu voz, tomarás agua del Río y la derramarás en el suelo; y el agua que saques del Río se convertirá en sangre sobre el suelo.»
Dijo Moisés a Yahveh: «¡Por favor, Señor! Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado tú con tu siervo; sino que soy torpe de boca y de lengua.»
Le respondió Yahveh: «¿Quién ha dado al hombre la boca? ¿? Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Yahveh? Así pues, vete, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir.»
El replicó: «Por favor, envía a quien quieras.»
Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Moisés, y le dijo: «¿No tienes a tu hermano Aarón el levita? Sé que él habla bien; he aquí que justamente ahora sale a tu encuentro, y al verte se alegrará su corazón. Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca; yo estaré en tu boca y en la suya, y os enseñaré lo que habéis de hacer. El hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios. Toma también en tu mano este cayado, porque con él has de hacer las señales.»
La experiencia de la espiritualidad, se manifiesta en la realidad concreta del ser humano, en su acontecer diario. Para dar sentido a la vida, esta experiencia, tiene que ocurrir en las situaciones de la vida, florece en medio del cansancio de la vida, en medio de las búsquedas, en medio de los caminos desérticos del existir, en donde prima la esperanza por algo mejor, así sea lo más simple en el camino. Allí donde no hay más que rocas ásperas, que posiblemente hieren pero que también templan el espíritu humano y le dan fuerza y vigor para seguir ascendiendo, allí donde parece que no hay nada, acontecen sucesos históricos transformadores, inauditos y asombrosos que conmueven e inquietan las realidades más profundas y consistentes del ser humano haciéndolo reflexionar, pensar, generando preguntas y cuestionamientos los cuales no tienen una respuesta concreta y esto empuja al hombre desde su deseo de conocer y responderse a sus inquietudes, a aventurar decididamente en la búsqueda de la verdad. Tras esta búsqueda sincera se revela Dios, llamando por el nombre propio al ser humano, reconociendo en él, su identidad, quien es, de que es capaz y de que no es capaz, su realidad total y plena, tomándolo como parte de si, para asumirlo.
El llamado de Dios en la realidad histórica del ser humano, es un suceso histórico, que se convierte en un hito histórico, en donde se genera un quiebre en el existir, en la razón de ser de la persona que ha generado una disposición de escucha, de apertura del ser profundo, desde el asombro y la emoción, permitiendo que otro intervenga en su ser, derribando los muros de división interna, las seguridades profundas, haciendo florecer la libertad interior, desde la cual se responde, reconociéndose y haciéndose presente para asumir este hecho histórico, como realidad histórica personal, en donde sucede una confluencia entre el que llama y el que es llamado, una pertenencia común, entre el que pronuncia la palabra y la escucha, desarrollándose el proceso de identidad.
Este llamado, es pronunciado desde el ser profundo de Dios, desde su esencia primordial, una esencia que es relacional y que por su naturaleza suscita la existencia, penetrando en ella, instalándose en ella, tomando posesión de ella, generando la confianza, la seguridad.
Dios llama al ser humano, en medio de la realidad que contempla, que lo abarca, haciéndose Dios protagonista del destino limitado del ser humano, para transformarlo en un destino sin confines. Dios no es ajeno a las situaciones históricas del ser humano, se ubica en medio de ellas para transformarlas, para darles sentido, haciéndose familiar, compartiendo su ser íntimo e inabarcable.
Cuando el ser humano escucha, se ejerce una acción de resonancia en la mente y en el corazón de la palabra pronunciada, generando un movimiento de respuesta histórica presente, “aquí estoy”. Al desarrollarse esta respuesta, se está asumiendo personalmente, el motivo de esta palabra pronunciada, sus razones y las acciones a las cuales conduce, el que, el por qué y el para que de ella, interactuando de forma consistente con el Tu primordial que establece la relación.
La acción del “aquí estoy”, es una acción que se ejerce frente a un “alguien” no frente a un “algo”, en un presente situacional, en donde se pone a disposición la realidad total y plena del ser humano, su identidad, su capacidad. Este “aquí estoy” es un elemento comunicacional, en donde se verifica una común unión, entre un yo y un tú.
Quitarse las sandalias, ante la experiencia de encuentro personal con Dios, significa despojarse de las seguridades, permitiendo sentir en toda su envergadura la presencia dinámica de Dios, una dinámica que supera todo concepto, que conmueve todo el ser. La descalcez ante Dios conlleva a vivenciar desde todo lo áspero de la vida, la grata dulzura de la presencia de Dios, que desciende, que se rebaja “descalzándose” de su gloria para calzar al ser humano con ella.
La palabra, pronunciada por parte de Dios y escuchada por parte del ser humano, por su carga dinámica, empuja a ejercer con vigorosidad actos liberadores, que se convierten en hechos históricos, en donde se fundan nuevos paradigmas para realzar el sentido de la vida, el propósito de ella en medio de la realidad circundante, para transformarla.
La palabra de Dios dirigida al ser humano está anclada en la realidad del sufrimiento del oprimido, esta realidad la ve, la escucha y la conoce, Dios, èl no es ajeno a ella y participa de sus dolores dándoles sentido y valor en la esperanza, de modo que interviene en la historia apoyado por el ser humano.
El carácter definitivo de la dimensión espiritual es la liberación, es el sentido de la vida en medio del sufrimiento, para superarlo y para que se ejerza este carácter plenamente, la palabra de Dios, con su fuerza empuja y ordena al ser humano a ponerse en camino, un camino no exento de grandes dificultades y retos que querrán doblegar el espíritu humano, pero que por la obediencia del ser humano a este envío, se disfruta de la presencia continua por parte de Dios, de su compañía, de su amistad.
La obediencia a Dios es significativa, da una nueva representación del ser humano frente a los hechos contextuales de vida en los cuales se involucra, afirma la presencia transformadora e innovadora que desencaja las realidades opresoras, sacando al oprimido de ellas y llevándolo a contemplar la hermosura de la fuente y cumbre de la felicidad, a extasiarse en Dios liberador.
La obediencia es el efecto del que escucha, la causa de la obediencia es la escucha. La obediencia a la palabra de Dios compromete la subordinación de la propia voluntad a la autoridad de Dios. Es por medio de esta obediencia que el ser humano trasciende, esta obediencia lo capacita le da fuerza y vocación para superarse a sí mismo, olvidándose de sí, de su propio egoísmo relegándolo a un segundo plano, porque hay algo más importante para él que el propio y minúsculo yo, que ciertamente encontrara al perderse en otros, de este modo puede manifestar con mayor claridad el camino hacia la felicidad, abandonando la perspectiva del yo personal, apoyado en el Tu de Dios, para coronarse ampliamente en el nosotros.
La palabra pronunciada por parte de Dios y escuchada por parte del hombre, exige una opción personal, una ruptura con la opinión general y habitual de una sociedad y que suele ser una exigencia dura y poco asimilable, ya que conlleva a la inseguridad, al desacomodamiento de costumbres y hábitos que anquilosan los ideales más profundos y sublimes del ser humano.
Quien obedece al deseo de Dios ha de vencer grandes resistencias y asumir incluso ciertas marginaciones, las cuales ponen en tela de juicio el encuentro personal con Dios suscitando a una referencia meramente emocional e inconsciente, dejando de lado el encuentro.
El que obedece se convierte en enviado, en representante veraz de la palabra liberadora pronunciada por el que envía y éste a la vez, asume una presencia continua, eficaz y eficiente que brinda protección y respaldo al enviado, por el hecho de llevar aquel, el testimonio de lo que ha visto y ha oído, de aquello que ha experimentado, pero esta protección y respaldo al enviado conlleva una postura propia de humildad y sencillez, reconociendo el enviado, que no es su palabra la que pronuncia, sino la que se le ha ordenado, la que le brinda una estructura firme y convincente frente a la misión que encara el envió.
La humildad en la obediencia, significa que la realidad del acto de fe se apoya en un acto existencial, que Dios es dentro del ser humano la voz que lo llama a ser aquello que está destinado a ser, transformando el fracaso y la desesperación, en realización, mostrando el sentido de aquello que parece no tener sentido, de aquello que enlagunado por el desborde de las crisis existenciales tiende a menospreciar el sentido de la esperanza, de la alegría, de la felicidad, por tanto, quien vive abierto incondicional y obedientemente a la acción y a la palabra de Dios, se convierte en un testigo de la esperanza, en respuesta humana a un problema humano.
Con la obediencia asumida, el ser humano adquiere poder de convocación y provocación. Convoca a la sociedad para que lo escuche, provocando en ella, acciones de liberación que tienen tras de sí, la decisión e iniciativa de Dios, la cual reconoce la dureza del corazón del opresor, frente a la debilidad del corazón del oprimido, apropiándose Dios del sufrimiento del ser humano oprimido, despojando de las riquezas al opresor y llenando las manos vacías del oprimido.
Los actos liberadores que está llamado a ejercer el ser humano, son actos dialogantes que se producen cuando expresándose el Yo, no solamente se dirige a un Tu, sino en conjunto dialogan sobre un Nosotros y esto tiene mucho que ver con el amor, ya que este no consiste en quedarse prendido de los ojos del otro, sino en mirar juntos en la misma dirección. Asì queda abierto el campo para el Nosotros. Las miradas se vuelven paralelas, se pierden y se encuentran en el Nosotros. El amor es la responsabilidad de un Yo por un Tu, resonando en un Nosotros, en esto reside la igualdad, este es el destino del ser humano creado por Dios, para la esperanza.
Frente a la magnitud del amor de Dios, manifestado en su palabra, está la perplejidad, el dilema, el titubeo del ser humano, frente a lo excelso de ese amor y Dios, reconociendo esta situación, se manifiesta con prodigios, prodigios de amor que encierran el sentido último de la realidad llamada a experimentarse, no en el ser ni en el tener, sino en el repartir y el compartir en donde se orienta, toda la potencialidad amorosa entre Dios y el ser humano. Esta potencia amorosa da contundencia a la palabra pronunciada por parte de Dios, genera una radicación existencial evidente conllevada por una asunción afectiva propiciada, por una adhesión intencional al deseo propio de Dios, pronunciado.
El ser humano, frente a la manifestación prodigiosa de Dios, reconoce sus miedos y sus debilidades, y Dios asumiéndolos como propios, los transforma con la fuerza de su presencia, dando soluciones, no dejando al ser humano solo, frente a sus miedos, sino haciéndolo libre, para que libere. Solo el que es libre, puede liberar.
Se es espiritual en la medida en que uno se trasciende a sí mismo, no se orienta hacia sí mismo, sino hacia algo o alguien en el mundo, hacia un Tu. Ser humano es estar orientado intencionalmente hacia otro ser o hacia un semejante. Pero en el momento en que esta intencionalidad se vuelve hacia uno mismo, pierde su sentido.
Cuando la espiritualidad se corrompe, pierde su sabor, se vuelve insípida, se deshumaniza el hombre, se pierde el sentido de la vida, la dirección, el rumbo, la meta a la cual se debe llegar, por eso cuando se fortalece la espiritualidad, se robustece la posibilidad concreta de sentido, se adquiere responsabilidad histórica para reconfigurar todo, haciendo nuevas todas las cosas, por el hecho de participar de la dinámica creadora de Dios.
Si la posibilidad de sentido no fuera única e irrecuperable, y la persona no fuera única e insustituible, difícilmente sería ya factible la responsabilidad. La irrepetibilidad de la persona, junto con la irrepetibilidad de la situación que sale al encuentro, configuran una doble responsabilidad en el ser humano: con respecto a lo que hace aquí y ahora, y que solo puede hacer aquí y ahora, y con respecto a lo que llegará a ser en el momento siguiente.
El sentido del ser humano concreto se eleva sobre el ser y apunta al deber ser, a algo futuro. Eso es lo que hace justamente la espiritualidad manifestada a través de la esperanza. No muestra la realidad en su actual tridimensionalidad sino que añade una cuarta dimensión, la del futuro.
La acción liberadora que es efecto causal del encuentro con Dios, está hermanada con el futuro, pues cada acción liberadora busca un resultado, todavía pendiente. No se puede hacer algo sin fe en el futuro, pues la acción necesita tiempo para desembocar en resultados. Por tanto, la realización del sentido requiere dos pilares: los hechos y la fe en el futuro.
La espiritualidad es lo que hace al ser humano, verdaderamente humano dándole la posibilidad de describirse en términos de responsabilidad. El ser humano no se determina por impulsos, se determina por decisiones responsables que le dan carácter de una existencia auténtica y por tanto libre.
La libertad que genera la espiritualidad es integradora, conlleva unidad dentro de todas las dimensiones bio-psico-sociales de la persona, propiciando la coherencia de vida, la plenitud en el existir, desarrollando la facultad de decidir responsablemente, de ser protagonista de la historia, de ser generador de historia y una historia que se ha de recordar gracias a sus elementos constructivos que ha generado y propiciado, y que han servido como fundamento en el desarrollo humano integral.
El amor revelado al ser humano, por parte de Dios, en el encuentro personal, revela potencialidades dormidas en la persona amada que ésta, todavía no ha hecho reales. El amor convierte las potencias inconscientes, en actos conscientes con el objetivo de restablecerlo a la larga como un hábito inconsciente, restableciendo la espontaneidad y la inocencia de un acto existencial sin pasar por la reflexión.
La espiritualidad con su carga, fortalece la consciencia, ya que ella tiene un origen trascendente, para encaminarla en la búsqueda y desarrollo del bien común, no instintivamente, sino responsablemente teniendo un referente intencional, un “hacia qué”.
La capacidad del ser humano de ser responsable se gesta en el terreno inconsciente, allí se llevan a cabo las grandes decisiones existenciales, que dan respuesta a la búsqueda de significados, a la búsqueda de sí mismo, de su propósito de vida, pues el deseo de significado es realmente una necesidad específica, la principal preocupación del ser humano.
Cada situación de la vida cotidiana con la que se enfrenta el ser humano, coloca una exigencia, presenta una pregunta, una pregunta que se debe responder haciendo algo respecto a esa situación; convirtiendo el sufrimiento en un éxito y en un logro humano, extrayendo de la culpa la oportunidad para cambiar, para mejorar, viendo en la transitoriedad de la vida el incentivo para emprender una acción responsable.
La espiritualidad se revela como la realización de lo que se podría llamar el deseo de llegar a un significado último. Ser espiritual consiste en haber encontrado una respuesta a la pregunta ¿Cuál es el sentido de la vida? Creer en Dios es comprobar que la vida tiene un sentido.
2. El texto a considerar como marco, es el que se refiere al hecho de la manifestación de Dios a Elias en el Horeb que se delimita en 1Re19,1-21 y que corresponde a la siguiente narración:
En camino hacia el Horeb.
Ajab comunicó a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo había pasado a cuchillo a todos los profetas.
Jezabel envió un mensajero a Elías, con esta misiva: «Que los dioses me castiguen sin medida si mañana a estas horas no hago que tu vida acabe como la de ellos.» Amenaza
Él tuvo miedo, se avió y partió huir para poner su vida a salvo. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado.
Caminó por el desierto una jornada, hasta llegar y sentarse bajo una retama. Imploró la muerte, desilusión y desesperanza diciendo: «¡Ya es demasiado, Yahvé! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!» depresión
Se recostó y quedó dormido bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come.» animo
Miró y vio junto a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a recostar.
El ángel de Yahvé volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: «Levántate y come, pues te queda un camino muy largo.»
Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, valentía para caminar por el desierto hasta llegar al monte de Dios, el Horeb.
El encuentro con Dios.
Allí se introdujo intimidad en la cueva, y pasó en ella la noche la desilusión. Yahvé le dirigió la palabra; le dijo: «¿Qué
haces aquí, Elías?» la pregunta de Dios cuestiona
Él respondió: «Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas. Sólo quedo yo, y tratan de quitarme la vida.» el hombre responde en la angustia
Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé.» Dios ordena salir y permanecer de pie venciendo el miedo Entonces Yahvé pasó, y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas a su paso. Pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto. Pero en el terremoto no estaba Yahvé.
Después del terremoto, fuego. Pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Dios se manifiesta en la delicadeza y consuela
Al oírlo Elías, escuchar a Dios en el silencio enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»
Respondió: «Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas. Sólo quedo yo, y tratan de quitarme la vida.»
Yahvé le dijo: «Desanda tu camino Dios invita al hombre a asumir su propia historia y cambiarla en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Aram a Jazael,
rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.
Al que escape a la espada de Jazael lo matará Jehú, y al que escape a la espada de Jehú lo matará Eliseo.
Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no le besaron.» Dios actúa en la historia apoyado en la voluntad del hombre
La vocación de Eliseo.
Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Tenía frente a él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Elías pasó a su lado y le echó su manto encima. El hombre que obedece la voluntad de Dios se convierte en presencia de El
Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo: «Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.» Le respondió: «Anda y vuélvete, pues ¿qué te he hecho?»
Volvió atrás Eliseo, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó a la gente para que comieran. Luego siguió a Elías y se puso a su servicio. El testimonio convincente, conduce al seguimiento.
En el camino de la vida se presentan amenazas, fruto estas, de la ruptura relacional y dialógica de las personas entre si y que tienen como sustrato la injusticia, la negación del otro, el desamor, la desobediencia a la voluntad de Dios, en ultimas, el pecado, que destruye la imagen de Dios impresa en la conciencia humana y que lo llama a participar del amor. El pecado lo desvirtua de su creaturabilidad, conduciendo a que la persona, asuma de forma arrogante y soberbia la atribución de ser dios lo cual, intimida al otro, por la intención de un daño a causar que genera dolor, sufrimiento, desmotivación, parálisis y que conduce a provocar miedo.
El miedo provocado, altera el estado anímico conduciendo a la persona a la inseguridad, a la angustia, a la inquietud que brota de las profundidades del yo empujando hacia la incertidumbre frente al futuro, induciendo al hastió de la vida y al sin sentido agónico del ser. La angustia generada por el miedo presenta como experiencia una ausencia de salida, implicando de igual forma como un ahogamiento, como un sumergimiento, en el temor que ejerce dominio.
Huir frente a la amenaza, parecería que fuera la mejor opción, pero implica dejar atrás todo un bagaje histórico, que clama intervención responsable y comprometida, para superar un estado de crisis, en donde se pueda ejercer la justicia y alcanzar la paz, como paradigma insustituible del desarrollo orgánico social. El huir condiciona la credibilidad, lo que conduce a la desilusión de sí mismo, por el quebramiento del propósito personal, frente a lo social, dejando como herencia, la cobardía.
Huir desilusionado, desesperanzado, oprimido, deprimido, por el desierto de la vida, recibiendo el calcinante calor y el frio congelador de la realidad para la cual no hay sombra posible que permita refrescarse, ni guarida segura para refugiarse, genera sentimientos de muerte, de completa y total desolación, de nausea por la vida. Huir de esta manera conduce a la desarticulación de los arquetipos que sustentan los ideales y las necesidades de vida, desmantelando completamente el alma para reconocerse miserable, el último de los últimos, para el cual no hay absolutamente ningún motivo existencial de esperanza.
En medio de estas circunstancias que parecieran últimas, Dios toca la vida, ofreciendo su alimento para que sea comido, satisfaciendo primero la necesidad vital humana y corpórea, esperando que se restablezcan las fuerzas, y se adquiera de nuevo ánimo para levantarse con ímpetu y proseguir el camino que aunque siendo aún largo y desconocido, el toque de Dios le da sentido, imprimiendo valentía para continuar el sendero por el desierto, hasta llegar al monte de Dios, al lugar donde el habita.
El ser humano cargando con sus vicisitudes y problemas angustiantes está invitado por el toque de Dios a un encuentro personal con El, a un encuentro dialógico, de comunión y participación que involucra ante todo entrar en intimidad, en el cobijo solido e inamovible del amor de Dios que embarca e inunda todo el contexto vital en donde esta imbuida la persona y que conoce la desilusión agobiante del ser humano.
Entrar en intimidad con Dios es refugiarse en su corazón de Padre que abriga y que consuela, que soporta y que protege, cuidando a su hijo del miedo de la noche, de aquello que atormenta la serenidad de su vida y le roba la paz, transformando la desilusión con la cual ha llegado y ha cargado, en ilusión, en sueño agradable, placentero y restaurador que nutre, fortifica y engrandece.
En medio de la serenidad y la paz, Dios pronuncia su Palabra, pero esta, es una palabra dinámica que conmueve e inquieta, que cuestiona en el aquí y en el ahora y que es personal. La Palabra de Dios es asunto personal, Dios se dirige a alguien que conoce y que espera una palabra de El. Dios no es un dios de desconocidos, a quien se dirige lo conoce y lo conoce porque ha estado en medio de su historia personal y lo ha acompañado. Dios se dirige pronunciando el nombre, reconociendo la identidad de la persona, su historia, lo que es y quien es.
La Palabra pronunciada por Dios es una palabra que ordena salir de las seguridades, del refugio que nos protege para vencer los miedos, las angustias, las perplejidades, el sin sentido, permaneciendo de pie, firmes e inconmovibles, seguros en la fe, seguros en Aquel que ha pronunciado la Palabra y no nos dejara solos, que nos acompaña, que va adelante nuestro y que se manifiesta no con el poder que espera el mundo, un poder huracanado y violento que quiebra las rocas a su paso, sino más bien un poder que se manifiesta en la delicadeza y el consuelo del susurro de una brisa suave. Este susurro se percibe en el silencio y en la soledad, es en esta fórmula donde este susurro nos abarca, nos inunda, penetrando todo el existir.
En medio del silencio y la soledad Dios invita al hombre a asumir su propia historia siendo protagonista de ella y a cambiarla, dándole un nuevo sentido, una nueva dirección para afrontar con valentía los retos y problemas de la vida, sabiendo que no se está solo, que Dios actúa en la historia y que su actuar se apoya en la libre voluntad de la persona para darle el sí a Dios, un sí que impacta en la historia de forma salvífica.
El hombre que obedece la voluntad de Dios que se cobija en el sí de Dios, un si impactante, se convierte en presencia de El, en consuelo para el mundo, en testimonio convincente, conducente al seguimiento en la verdad sólida, consistente y profunda.
3. El texto a considerar como marco, es el que se refiere al hecho de la Transfiguración que se delimita en Lc9,28-36 y que corresponde a la siguiente narración:
Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.
Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,
y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;
los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»
Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
La transfiguración delimitada desde una lectura sinóptica tiene cinco aspectos que nos ayudan a dar sentido hoy al hecho de la transfiguración. Esta narración viene encauzada entre el primer y el segundo anuncio de la pasión y a continuación de las condiciones para seguir a Jesús, lo que da a entender que no se puede vivenciar la gloria si no se pasa por la pasión, si no se pasa por la negación de sí mismo, por tomar la cruz diaria, y seguir a Jesús.
Primer aspecto, subir. Hay una acción anterior particular para subir que es tomar, y tomar implica agarrar, sujetar, no soltar y Jesús, agarra, sujeta y no suelta a quien ha decidido seguirle, a quien ha decidido tomar su cruz diaria, y negarse a sí mismo. Jesús toma consigo al que le sigue y lo lleva a parte a un monte alto y esto conlleva un esfuerzo, un esfuerzo de subir, que está rodeado implícitamente de cansancio, de fatiga.
Jesús toma al discípulo sacándolo de su estado de confort, de su acomodación, de su “estar bien”, de sus “buenas intenciones”, de su yo, de su ego, de su deseo narcisista, de su altivez, de sus triunfos, de sus éxitos, de todo aquello que le da cierta altura, para conducirlo a lo verdaderamente alto, para estar a solas, en intimidad, en total cercanía y encuentro, para orar.
La oración se convierte entonces en el primer motivo para estar a solas, para subir, porque es ella, en el silencio y la soledad, la que dispone el ser total de la persona a la escucha y al encuentro contemplativo de la gloria de Dios, de su poder eterno que nunca pasara y cuyo reino no será destruido jamás, así como lo ha experimentado Elías en el desierto a través de la brisa suave, acariciadora y tierna, porque la Gloria de Dios es tierna, acariciadora y suave.
Segundo aspecto contemplar. Los discípulos cansados de la subida, fatigados, cargados de sueño hacen un esfuerzo por permanecer despiertos, por superar su humanidad, su fragilidad y este esfuerzo se ve recompensado y contemplan la gloria de Dios, delante de ellos y esto es muy significativo, pues es la gloria de Dios la que señala el camino discipular, la que da sentido a la pasión, al hecho de negarse a sí mismo, de tomar la cruz y seguir a Jesús. La gloria de Dios es resplandeciente y fulgurante, es la emanación pura de Luz, que ciega con su resplandor el entendimiento humano, dándole un nuevo sentido, más puro, más claro, más diáfano a la vida, ajustándola y engranándola con la eternidad. El rostro de Jesús, es el rostro de Dios eterno, quien ha visto a Jesús a contemplado la eternidad, ha visto a Dios cara a cara, así como lo ha visto Moisés.
En medio de la gloria de Dios el discípulo desea estacionarse, obvio, quien no desea quedarse en la gloria de Dios, quien no desea quedarse extasiando gozosamente su gloria, vivir en la alegría pura de Dios, quien no desea estar arriba con El, montar una tienda para morar ahí y nunca separarse de la gloria de Dios, de su ternura, de su caricia, de su suavidad, que llena todo, que lo ocupa todo, que lo sostiene todo, quien no, pero en medio de este éxtasis gozoso se desarrolla el tercer aspecto.
Tercer aspecto, escuchar. El discípulo es discípulo, porque escucha y escuchar es captar con atención la idea, generada por el deseo profundo del corazón y conducida por la palabra pronunciada, doblegando libremente la voluntad a ella, por causa de la inquietud que genera y el asombro al que induce, para seguirla. Escuchar la palabra que brota de lo profundo de la gloria de Dios, conduce a obedecerla, siendo la obediencia el resultado de la escucha. Escuchar a Jesús se constituye en escuchar la gloria de Dios. El discípulo, frente a la palabra pronunciada por Dios queda absorto, perturbado, herido, con miedo porque la palabra penetra con fuerza en lo profundo del ser integral del discípulo, derribando sus defensas, apropiándose de sus seguridades, para dejarlo libre de prejuicios y de esquemas, constituyéndolo como barro en manos del alfarero.
Cuarto aspecto, levantar. Jesús el amado en quien se complace el Padre, se acerca al discípulo que está lleno de miedo por la gloria de Dios contemplada y la palabra escuchada, para amarle levantándolo haciéndolo percibir que por pura gracia le ha sido dada la verdadera altura y la verdadera libertad, y siendo libre y levantado por el amado, se constituye en un liberador amante de la condición humana, pues solo el que es libre libera, solo el que es amado ama
Quinto y último aspecto, bajar. El discípulo acompañado por Jesús, baja a la realidad, a la pobreza y debilidad de la condición humana, después de contemplar la gloria y escuchar la palabra, para dar testimonio de ella, un testimonio pascual, un testimonio que supera el poder de la muerte y que se constituye, en palabra de riqueza, de fuerza y de esperanza que libera y que sostiene, que levanta de las postraciones y conduce a la alegría.
Revisemos estos cinco aspectos que nos da este texto: subir, contemplar, escuchar, levantar, bajar.
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